Unos mueren de hambre y otros de excesos

¡Qué contradicciones tiene esta vida! Mientras en los mal llamados países ‘pobres’ se mueren de hambre, en los países ‘opulentos’, sobrealimentados de falso lujo, la gente se estresa y deprime, pero no por pensar en lo mal que lo deben estar pasando los pobres, sino que ‘enferman’ por exceso de todo y nada.

Mientras que la ONU advierte de la llegada de lo que ha denominado un ‘tsunami de hambre’, que afectaría a 100 millones de personas en todo el mundo, y “pide a los países ricos que no frenen sus exportaciones para acumular alimentos”, en los países ‘desarrollados’ –industrialmente hablando, porque lo que es moralmente aún les falta mucho camino por recorrer– “la tristeza se tiende a hacer cuestión patológica”, tal y como afirma el psiquiatra Luis Rojas Marcos.

Y el origen de esa tristeza está en nuestra obsesión de vivir por encima de nuestras posibilidades. Nos movemos en un mundo alienado por el marketing y la publicidad. Y nuestros intereses caminan de la mano del consumo feroz hacia todo aquello que nos vende el mercado, útil o no, necesario o no, fundamental o no… para nosotros.

La tan pregonada crisis o incertidumbre económica que vivimos no es más que la consecuencia lógica de eso mismo. Hemos caído en las garras del mercado, nos hemos dejado hipnotizar por los especuladores ricos y hemos imitado sus enfermas e insanas costumbres, creyendo que podríamos ser como ellos, pero lo único que hemos conseguido ha sido hipotecar nuestros futuros, endeudándonos con casas, coches, viajes, tecnología… que están por encima de nuestras posibilidades. No nos hemos conformado con tener una sencilla casa y un coche, sino que hemos querido cambiarlos por un chalet y una casa en la playa, dos coches, un crucero, hacer submarinismo en las islas Mauricio, la última tele de plasma o la consola de turno, aunque eso nos haya condenado a trabajar 25 horas al día, ochos días a la semana.

Y ahora empezamos a recoger los frutos podridos de esa plaga especulativa: ansiedad, estrés, bulimia, anorexia, infartos… La enfermedad del rico. Pero aún hay tiempo de solucionar el problema.

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